84 días sin tregua
- ceciliaasturiasf
- Feb 18, 2025
- 3 min read
Más o menos 28 de diciembre, me despierto a las siete y media de la mañana. Dormí casi ocho horas, de corrido. Mi reloj dice que la calidad de mi sueño fue de 41 (sobre 100) y que mi “batería corporal” es de 39 (también sobre 100). Sí me siento como de 41 y de 39. Más o menos por 26vo día consecutivo. Vaya forma de empezar un día de vacaciones con dos niños.
Honestamente, me frustra, pero no me sorprende. Empezó en la primera semana de diciembre. Mis números suelen estar entre 85 y 90 (y así me siento también). Pero en estos días lo he intentado todo, he observado todas las variables: desvelo, consumo de alcohol, oración, uso de pantallas, no cenar muy tarde… Es un mes con circunstancias muy particulares en mi familia, los niños están de vacaciones, el trabajo ha seguido su curso normal y mi condición física en el piso. Empiezo a pensar en mi hipotiroidismo… Aunque todo salió bien en exámenes recientes, ¿valdría la pena confirmar? Pensando en recabar información, busco la gráfica de mi aplicación del reloj y veo que esto lleva más o menos un mes. Hago cuentas rápidamente en mi cabeza, ¿será posible? No puede ser, es demasiado pronto, debe ser algo más.
Hicimos diferentes actividades con los niños en esos días; cada una me resultaba más cansada que la otra. El 31 de diciembre estábamos de regreso en casa. Y lo que un par de semanas antes había comentado con humor e ilusión, hoy tenía un tinte como de rendición: metida en la cama a las 10:30 de la noche. Esta máquina se había cansado ya.
Era momento de empezar un nuevo año, uno de mis favoritos. Metas frescas, planes, ideas, inspiración. Pero nada. Sólo cansancio, dolor de cabeza a diario y un poquito de desagrado general. ¿Podría ser?
Teníamos una boda el primer fin de semana del año, que esperaba con mucha ilusión. Nos pareció que lo prudente sería hacerme una prueba y, efectivamente, confirmamos que lo prudente sería pasar la noche con agüita mineral y limón.
Siguieron pasando los días. La alegría y gozo que creí que iba a sentir parecían estar en otro compartimento. Porque a mis días (y a mis noches) sólo se les seguían sumando más síntomas. Al malestar general y perenne que traía desde la primera semana de diciembre, ahora se le atravesaban oleadas de náusea, fatiga, sueño, agruras, taquicardia, mal humor, aversión a mis comidas favoritas. Sin que el malestar cediera. Mis días ya no se veían igual. Levantarme de la cama como si me hubiera acostado media hora antes… No tenía la energía de jugar con mis hijos, no tenía ganas de platicar con mi esposo, no tenía apetito de comer, de nadar, de ver a mis amigas, de cuidar mi piel o mis uñas, ni de hacer cosas en mi casa. Empecé a quedarme dormida cuando podía (y cuando no podía también). Mientras mis hijos cenaban, en mi hora de almuerzo, en misa, en el camino de un lugar a otro. ¿Y mi energía? ¿Mi fuerza? Mis ganas de vivir los días?
Conforme iban pasando las semanas, empecé a perder la batalla mental también. Era más o menos finales de enero y yo llevaba casi 60 días sin tregua. La frustración era demasiada. ¿Por qué no me sentía como uno se tiene que sentir embarazada? Feliz, fuerte, radiante, imparable. ¿Cómo voy a aguantar nueve meses así? ¿Quién me va a aguantar nueve meses así? Cómo me había llenado la boca de sacrificio y entrega, cuando habían sido dos embarazos perfectamente tolerables… gran mentirosa.
Y por si no había sido suficiente, la última semana de enero pesqué una gripe que me duró casi 20 días, para la que pude tomar acetaminofén y tecitos… La cosa más eterna.
Estoy segura de que no he comido la cantidad de proteína que debería comer a diario. Que no debería estar cenando solo galletas saladas, que debería estar tomando más agua y moviéndome más. Debería estar siendo mejor esposa y mejor mamá. Y estoy bien segura que si me sigue oyendo alegar, este bebé va a salir peor que yo. No sé por qué no me siento como uno se tiene que sentir embarazada. No sé cómo voy a aguantar nueve meses así (ni quién a mí). Tengo muchas preguntas, mucho más complejas (y más vergonzosas) que esas, pero le pido a Dios que los síntomas vayan cambiando antes de tener que encontrar esas respuestas.
Feliz primer trimestre, mi tercer bebé. Te esperábamos y anhelábamos tanto…
Que no te confundan mis quejas; tu mamá nunca se ha rendido.
Comments