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Para cuándo el tercero

  • Writer: ceciliaasturiasf
    ceciliaasturiasf
  • Oct 8, 2025
  • 4 min read

Quise un tercer hijo un día que perdía el tiempo viendo mis redes sociales en la mesa del comedor. 


Mis primeros dos hijos vinieron muy pronto, muy sin planearlos. Del primero, quedé embarazada cuando llevábamos un mes de casados. Y la segunda fue concebida siete meses después de nacer el primero. No nos enteramos sino hasta la mitad del embarazo. En enero tenía el palito con el positivo, en mayo tenía a mi hija en los brazos. De abril del 2019 a mayo del 2022, yo había pasado por dos embarazos, baby blues, dos pospartos, depresión prenatal. Todo recién casada y en el transcurso de una pandemia. Por mucho tiempo, me sentí como un avión secuestrado... yo recordaba haber iniciado al mando de la cabina, con un plan de vuelo. Pero desde hace mucho ya no tenía el mando de la aeronave. Tantos procesos seguidos me llevaron al extremo de resentir nuestra -bendita- fertilidad. Sin embargo, al tener a mi segunda bebe, con resentimiento y todo, optamos por un método anticonceptivo a largo plazo y no uno permanente. En ese momento, no tenía la disponibilidad cognitiva ni emocional para dilucidar el asunto. Lo que tenía era un bebé de un año cuatro meses y una recién nacida. 


En los años que siguieron, hubo algunos procesos independientes entre cada hijo, como las lactancias. Hubo otros en los que se traslaparon, como los pañales. Con todo y el resentimiento, mi esposo y yo estábamos demasiado ocupados siendo equipo para ver más allá de lo inmediato. Los meses iban pasando e íbamos brincando de una etapa a otra... destete, pañales, pasarla a su cuarto, aprendieron a gatear, caminar, hablar... Se cambiaron de cuna a cama, entraron al colegio... Muy de imprevisto los bebés y todo, pero yo había adquirido un sentido ineludible de responsabilidad por su vida desde el día que me enteré de su existencia. Y a este punto, sentía por ellos esa responsabilidad y también un profundísimo enamoramiento. Era indiscutible: me estaba gozando verlos crecer. Estaba gozando verme crecer. Y estaba gozando vernos crecer. Por supuesto, lloraba casi todas las tardes. Pero cada mañana amanecía reseteada y sintiéndome dichosa de lo que estaba viviendo. 


Sin embargo, cada vez que me preguntaban por el tercero (cosa que le encanta a la gente), me salía un "no" inmediato. Dolía, en el fondo y en la superficie también. Muy enamorada de mis hijos y todo, pero no me sentía enamorada del "secuestro" que había vivido. 

Con el pasar de los meses y lo mucho que estábamos gozando, no me percaté de cómo fue cambiando la raíz del dolor. Algo parecía estar luchando por salir de adentro.


Era aproximadamente diciembre del 2023. Había sido un año de mucho crecimiento personal y profesional. Había regresado a nadar. Había reconstruido mi vida social a mi gusto. Mis hijos ya no usaban pañales, dormían toda la noche, podíamos ser más flexibles con sus rutinas.

Pues un buen día, estaba sentada en la mesa del comedor, cuando vi una publicación que decía algo como "lo que ahora parece caos, el dia de mañana será una mesa llena a la hora de la cena". La emoción  que eso me hizo sentir me detuvo en seco. Por primera vez, después de años de oírme contestar rotundamente que no quería más hijos, algo se movió en mi interior. Fue tan fugaz la reacción, que cuestioné si lo había imaginado. No había duda, algo había resonado en mi corazón. ¿Sería posible? ¿Que el "no" fuera el callo que había hecho y el "sí" un anhelo enterrado?

Entonces lo entendí: el dolor cada vez que contestaba que no, ya no era por lo que había vivido, sino por la familia que anhelaba y de la que me estaba privando.


Pues con miedo y todo, pero valía la pena explorar lo que estaba sintiendo, así fuera por una mísera publicación. Decidí ponerlo en oración. Le pedí a Dios que me hablara y le prometí que iba a escuchar. Decidí hacer este proceso sola, porque sabía en dónde estaba el corazón de mi esposo respecto a una familia más grande. Pues lejos de mostrarme mis anhelos, el Espíritu Santo me mostró mi herida.  Y pude ver y procesar el dolor de haber "perdido el control" de mi vida de forma tan abrupta, agresiva y casi definitiva. Pero allá, después del miedo, el dolor, el resentimiento, pude ver la felicidad y el propósito que habían  traído a mi vida mis dos bebés. Pude ver que eventualmente dejé de llorar todas las tardes. Que el año de enfermedades quincenales pasó. Que el tiempo de pañales, de botar todo gateando, de los moretes aprendiendo a caminar... todo fue realmente muy corto. Pude ver que no se necesita mucho para pasar lindos los días. Que ha habido tanto gozo en cada proceso. Que eventualmente retomamos nuestros pasatiempos y empezamos otros.  Que volvimos a dormir y a priorizar nuestra salud. Que hacer tradiciones nuevas es algo realmente mágico. 

Más allá del dolor, me mostró que aunque los días se habían sentido eternos, los años habían sido cortos. 


Y sí, después de hacer las paces con mi herida, pude ver que, desde que tenía memoria, siempre había soñado con una mesa llena a la hora de la cena.

Y para mi inmensa fortuna, mi esposo también.


 
 
 

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