A mal paso, darle prisa
- ceciliaasturiasf
- Jun 25, 2021
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Quisiera culpar a las hormonas de la culpa que sentí al quedar embarazada de Irene. Sentí que había traicionado a Fer. El sentimiento de culpa cambió a lo largo de estos meses. Muy intensa al enterarme, aunque después me ayudé con algunos ejercicios terapéuticos. Pero definitivamente se materializó al final del embarazo, cuando ya no podía cargarlo, jugar (así chilero) con él, agacharme a su altura o arrullarlo para dormir. No ayudaban los comentarios entusiastas de amigos (con la mejor de las intenciones, no lo dudo), asegurándome que serían los mejores amigos, que tenerlos seguido era lo mejor que podíamos haber hecho. La ilusión por el futuro no siempre logra aliviar las penas presentes. Y en esas semanas en las que tuve que guardar distancia de mi bebé, encontré poco consuelo en que Irene siempre tendría quien la cuidara en la parranda.
Es irónico, porque, en retrospectiva, yo siempre había bromeado con que quería tener a mis hijos seguido ("a mal paso, darle prisa" era la estrategia). Pero no pude haberme anticipado a lo que eso significaba. Al enterarme que estaba embarazada, sentí que habría de privar a mi bebé de sus primeros años conmigo sin compartirme, que lo había privado de mí...
***
De chiquita, me chupaba el dedo sobandole la oreja a una coneja de "peluche" (en realidad era de tela como de impermeable, ya suavecita). Era lo que hoy las sleep coches le llaman "objeto de apego". Yo dormía con la coneja y, donde me chupara el dedo, ahí estaba ella también. Imaginen la pena de mis papás para lavarla o de pensar en olvidarla al salir a algún lado. Más de alguna vez la olvidé en algún hotel y sé de otra ocasión en que la tiré por la ventana del carro. En la carretera.
Baste este corto segmento para ilustrarles por qué no tuve ninguna intención de "introducir un objeto de apego" en la crianza de mi Fer.
Sin embargo, a lo largo de sus diecisiete mesesitos de vida, ha habido "juguetes" que ocupan la mayoría de su día. Cucharas, vasos, la llave del carro, chamarritas peludas y, más recientemente, mis colas de pelo. Empezó unas semanas antes de que naciera Irene y pensamos que sería una "obsesión" más. Pero Fer las buscaba, las llevaba por toda la casa, empezó a dormirse con ellas y cuando entrábamos a su cuarto en la mañana, lo encontrábamos con la colita en la mano. De más está decirles, que la noche que lo llevamos a donde mis papás y que se quedaría tres días con ellos mientras estábamos en el hospital, nos aseguramos de que llevara tres colitas. En cada foto que mandaron mis papás, de Fer jugando en la sala, desayunando, bañándose, paseando en la calle, siempre una colita en la mano. En un descuido, se me había colado una coneja.
***
Una mañana de esta semana, yo tenía a Irene cargada y la estaba meciendo para dormir, en el sillón de nuestro cuarto. Como es costumbre, entró Fer a pajarear con la colita en la mano. Al ver que Irene, peleando con el sueño, lloraba tan apasionadamente, tomó su colita y se la puso en la panza a Irene. Se despidió con su manita y caminó hacia las gradas, para bajar a desayunar.
Y me dejó ahí, con la garganta hecha un nudo y un torbellino de recuerdos de la culpa que tan solo unas semanas atrás parecía ahogarme.
Sin saber de todo esto, mucha gente había querido animarme en los últimos meses. Pero no había habido palabra que pudiera reconstruir mi corazón, como ese gestito del tamaño del mundo.
No había nada que temer. Dios, con su infinita ternura, nos esperaba aquí, a donde habríamos de llegar.
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