Caballitos de Mar
- ceciliaasturiasf
- Oct 15, 2023
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Hoy Irene cambió de nivel en la piscina. Se graduó del nivel “Bebés”, para pasar a ser un “Caballito de Mar”. Los caballitos de mar hacen la clase con la maestra, no con alguno de sus papás.
Es difícil explicar con brevedad por qué esto es tan significativo para nosotros, pero lo es. Igual trataré.
La natación es algo muy importante para mí, un poco más que para Jorge. Empecé a nadar en el 2015. Había tenido un accidente de carro en el 2014, que detonó varias lesiones en mi columna, que probablemente nunca me hubieran molestado. Una vértebra cervical y una lumbar fracturadas, otro par movidas casi un centímetro de donde deberían estar. Después de un año de terapias sin éxito, volteé mi mirada a la natación. Jamás había hecho ejercicio y aborrecía pensar en bañarme y arreglarme fuera de mi casa, pero necesitaba intentarlo. A este punto, no podía pasar ni media hora sentada, tampoco mucho tiempo parada, no podía saltar, bailar, agacharme, correr, acostarme mal ni dormir bien. Sentía dolor en todo lo que hacía despierta, el dolor me despertaba durante la noche y muchos días no pude levantarme de la cama por la mañana. Una regadera ajena realmente no sonaba tan mal. Y afortunadamente, ni siquiera sabía que no sabía nadar muy bien.
Empecé a nadar sola en enero y poco después con un entrenador, quién me hizo trabajar en mi técnica. Empecé a ver que no se trataba de hacer mucho, sino de hacerlo bien. La proeza me resultó tan demandante, física y mentalmente, que no me di cuenta cuando el dolor empezó a disminuir, pero así fue. Iba todos los días. Gripe, desvelo, cólicos, cansancio, desánimo, fui todos los días del año que la federación abría la piscina. Lograba arreglarme para el trabajo sin enchufes que funcionaran; a veces me tocaba bañarme sin cortina. Varias veces olvidé mi calzoneta y llegaba al día siguiente sin nada, pero con toda la fe de que la encontraría y haría mi entreno (siempre fue así). Hacía velocidad, fuerza, distancia. Me esforzaba en dominar la brazada, respirar bien, no bajar la cadera. En uno de tantos carriles, conocí a Jorge. Había empezado a nadar y ahora tenía otra razón más para madrugar cada mañana.
Cuando fui a mi chequeo anual con el neurocirujano, pude ver en la radiografía todo el músculo que ahora había alrededor de mis vértebras y no lo podía creer. El dolor había disminuido, así como la frecuencia y gravedad de las crisis, y la facilidad con la que el nervio ciático me quemaba desde el coxis hasta el dedo gordo del pie.
La natación me había devuelto mi vida, o así lo pensaba yo. En retrospectiva, veo que me dio una mejor vida: una espalda como nunca la había tenido, la fuerza que más adelante me hubiera faltado para mis hijos y la disciplina que me llevaría a alcanzar muchas, muchas metas más.
Pasaron los años y con Jorge seguimos nadando. Las lesiones de la espalda impactan todas las áreas de nuestra vida, modificando nuestros planes, nuestros anhelos, lo estrecha o gigante que podemos imaginar el resto de nuestra vida. Mi lesión me hizo temer un embarazo, un parto y la vida de familia que viniera después. Pero la natación me hizo creer que iba camino a una mejor vida. Y así fue.
Siempre nadé en las mañanas, pero con mi primer embarazo, nadé en las tardes para sincronizarme con mi esposo. Él corría en las mañanas y después del trabajo nadábamos juntos. Yo me subía al carro y en el tráfico iba desmaquillándome para llegar directo a meterme al agua. Regresábamos a la casa y dormía hasta el día siguiente.
Nadé hasta la semana 39 de embarazo. Después de nacer mi hijo, empezó la pandemia y me dolió no poder nadar en esos meses. Pero cinco años de natación contra viento y marea me habían mostrado la disciplina que era capaz de tener. Gracias a ello, logré meses de ejercicio en casa. No estaba nadando, pero lo más profundo de la natación seguía conmigo.
Fer tenía 11 meses cuando empezó clases de natación los sábados. Nos alegró mucho ver cómo se sentía en el agua y lo mucho que disfrutaba las clases. La verdad, nunca imaginamos que pudiera ser diferente. Poco después, nos enteramos de que estaba embarazada. Tomábamos turnos para hacer la clase con Fer los sábados y yo seguía nadando entre semana. Una reciente mudanza y un embarazo en pandemia eran tiempos de incertidumbre para nosotros, pero la natación era mi constante y en el agua yo tenía paz. Era donde sabía quién era y qué hacer. Gracias a Dios, también pude nadar hasta la semana 38.
Luego de nacer Irene, pasó un tiempo sin que pudiera nadar entre semana, mientras ordenábamos la logística de dos personas, tres deportes, dos hijos, dos trabajos de tiempo completo… pero en cuanto pudimos, la metimos a clases junto con Fer. Irene tenía ocho meses. Por varios meses, fuimos cuatro en esa piscina tibia de poco más de un metro.
Los sábados también implicaban una logística aparte. Ahora era estar cuatro personas listas, empacar cuatro toallas, cuatro calzonetas, mudadas de ida, mudadas de vuelta, pañales de agua, pañales normales, colitas, gorra, lentes… con frecuencia olvidábamos más de algo, pero ahí estábamos. De vez en cuando me topaba a alguna conocida que me colaboraba un “Mira y no te da como asquito que huelan a cloro todo el día?”. Pero el tufito a cloro era algo muy nuestro.
Y la natación, que nos había dado tanto ya, nos seguía dando un espacio donde ejercitábamos el cuerpo y la voluntad, los niños celebraban nuevas metas y, en general, nutría a nuestra familia de cariño y satisfacción.
Eventualmente, Fer se graduó de la clase de bebés y pasó a “Caballito de Mar”. Lo sentimos. Yo empecé a nadar los sábados mientras Fer estaba en su clase y Jorge hacía la clase con Irene. Treinta minutitos contados para nadar y salir corriendo, pasar saludando al Fer, secarme, cambiarme, sacar al Fer, bañarlo, secarlo, cambiarlo, sacar a Irene, secarla, cambiarla.
“Mama viste cómo me metí hoy adentro del agua así como una sumersión?”
“Sí, mi Fefe, super valiente”
“Sí, super valiente… Oíste Papa? Super valiente”.
Fueron bastantes semanas en las que Jorge se metía con Irene, jugaban y hacían lo más posible de una clase que ya le quedaba corta a Irene. Hábil con su cuerpecito, feroz para los retos igual que su papá. Tenía ya dos años, con compañeritos que eran de 10 meses. La semana pasada me acerqué a la coordinadora. Segura de que no permitirían subirla de nivel hasta los tres años, le presenté mi caso con un vehemente “Mirela, mirela cómo se aburre ya”. Contaba con que nos mandara a esperar un par de meses, por aquello de las reglas. Pero no, me dijo que la siguiente semana, la trajera con gorrita y lentes, que se uniría a los Caballitos de Mar. Me alejé, agradecida y triunfante. Sólo para ver a Irene y a Jorge jugando juntos y entender que esa, esa de ese momento, esa que terminaría en 14 minutos, sería su última clase juntos.
***
Hoy fue su primera clase como Caballito de Mar. El acuerdo que la coordinadora me propuso fue “Mire, yo la veo como muy apegada con el papá. Si llora toda la clase, entonces no está lista. Si llora sólo un poco, entonces seguimos”. Jamás lo dudamos, Irene no lloraría.
No era tan breve de explicar lo importante que la natación ha sido en nuestro matrimonio. En la vida de nuestros hijos, han sido 136 sábados en el agua. Ha habido muchos cambios a nuestro alrededor, pero la natación ha sido nuestra constante. Es donde tenemos paz, sabemos quiénes somos y qué hacer.
Hoy empaqué dos calzonetas y dos toallas, solo para ellos. Y nosotros nos sentamos a ver cuánto han crecido.
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