De nudos y otras horas
- ceciliaasturiasf
- Jun 15, 2021
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Irene nació hace dieciséis días. En estos dieciséis días me he despertado pensando en estas líneas desde ángulos tan distantes, que parecerían de distintas autoras (usualmente sesgada por si la única autora ya desayunó o no). Pero con la intención de aportar mi usual cuota de franqueza a este conversatorio, les contaré, con su justo desorden, una breve crónica de lo que han sido estas dos semanas.
Por pura diversión, tomaré como punto de partida el día antes del parto. Todo transcurre divino, hemos pasado la mañana haciendo arreglos en la casa para la llegada de Irene. Mi dolor y yo nos metemos a bañar como al medio día y me doy cuenta de que estoy a punto de despedirme de los "lady pains" que me han acompañado desde hace meses. No algunas veces, ni de vez en cuando, sino todos los días, la mayoría del día. Y no la mayoría del día con luz, sino la mayoría de las 24 horas que tiene un día. Y que me acechaba todas las noches, esperando que diera una vuelta inocente en la cama para recordarme que habríamos de llegar juntos hasta el final.
Pues contra toda esperanza, efectivamente, el embarazo ha llegado a su final y hasta aquí me ha acompañado el dolor. Me sorprendo fantaseando con que estoy a horas de cambiar al dolor de la cesárea y rompo en llanto. Son hormonas, tienen que ser las hormonas, trato de decirme. Me parece que es un buen día para mortificar el dolor, y mis palabras también.
Después de un excelente almuerzo, mi bebé (que empezó a caminar hace unas semanas) hace a mi esposo subir y bajar las gradas eléctricas casi diez veces seguidas. Me falta el aire, se me empañan los lentes, no puedo tragar. Este es el último día de nuestra familita de tres. Esto fue. Esto fuimos.
***
Al atardecer, pasamos trayendo la pañalera de mi bebé para ir a dejarlo donde mis papás. Hemos sido intencionales en este camino, dejándolo con ellos, una noche a la vez en los últimos meses. De una vez les adelanto, no nos hizo extrañarlo menos en el hospital. Llegamos a dejarlo con un nudo en la garganta y creo que nos fuimos con uno más grande (que, dicho sea de paso, comenzaba a desenredarse hasta hace unos días).
Pero finalmente he llegado al sillón, a mi mousse de toblerone y mi capítulo de Billions. Estoy a ocho horas de ayuno de escuchar la voz de Irene por primera vez.
Al día siguiente me despierto muy bien (o eso creo, son las 3:50am); estamos alegres. Siempre he sido mejor para las mañanas. Aprovecho la ida en el carro para hacerle a mi esposo un breve debrief emocional de los últimos días. No es que no haya querido hacerlo parte, es que no hubiera podido parar. Pero ahora sí, estoy lista. Estamos más que listos.
Llegamos re listos al hospital, sin tarjeta de crédito y sin haber tramitado la autorización del seguro. Pero no pasa nada, la adrenalina puede más. Resolvemos rápidamente y empezamos con la preparación de todo el asunto. Medias antiembólicas, otras para el frío, gorra en el pelo, se quita toditos esos aretes seño y su ropita interior también. ¿Se puede subir bien? Aquí le pongo su ponchito para que no le dé frío.
Va, dios, te amo, ahí oras.
***
7:15AM. Irene ha pasado a este lado de la piel entre felicitaciones, lágrimas mías y alegría de doctores que ya se sienten como tíos. Ha llorado lo justo, ha nacido perfecta. Un suspirito de culpa se me atraviesa. Siempre he sentido que no merezco los dos embarazos y partos tan sanos que he tenido. Lo reconozco, lo saludo y lo despido. Porque no es tiempo de culpas, sino de dar gracias a Dios y a la Virgen.
Ha sido una experiencia muy diferente que con Fer. No hay visitas, el tiempo en el hospital se ha sentido hasta holgado. Antesala de los días venideros, sin estar cocinando ni poniendo café para la familia y los amigos. Salvo algunas penas en los primeros días, mi recuperación ha sido excelente. Lo pienso y no lo creo, tan solo hace unos días estaba fantaseando con transicionar al dolor de la cesárea...y no ha habido! No ha habido mucho de lo que sí hubo con la llegada de Fer… dolor físico, baby blues, dificultad con la lactancia… o mucho de lo que temía que hubiera. Sí, parezco haberme compuesto.
No soy experta en ser mamá de dos. No era ni experta en ser mamá de uno. Pero confío en que algún día desenredaré todos los nudos que se le hacen a uno en el corazón en estos días. Y escribiré de ellos.
O, es mi esperanza, los olvidaré antes de que lleguen al teclado.
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