top of page
Search

Irene

  • Writer: ceciliaasturiasf
    ceciliaasturiasf
  • Mar 8, 2021
  • 4 min read

Recuerdo el día en que me rendí. Parecía haber cargado con demasiado, por demasiado tiempo. Tanto, que ni siquiera sentí alivio de soltar la carga. Solo sentí que, igual, iba arrastrándome ya tan cerca del piso, que más me valdría declararlo. Similar a una empresa que se declara en bancarrota.


Veía fotos de un mes atrás y sabía, con la razón, que esos habían sido “buenos” días. Pero el sol parecía haber dejado de brillar hace tanto. Teníamos año y medio de casados con mi esposo, un bebé de nueve meses y siete de vivir la cuarentena con mis papás. La salud de mi abuelita, viviendo a la par, se había complicado recientemente y mi esposo había asumido un nuevo (y más demandante) rol dentro de la empresa. Mi carga laboral también había incrementado significativamente. Mi papá había regresado a trabajar y mi abuelita requería más atención de mi mamá, quien hasta ese entonces nos había ayudado mucho con nuestro bebé.


Empezó como un mal día y después varios seguidos. Después de un par de semanas, no pensaba en ellos como momentos de tristeza o frustración en días normales o alegres, sino momentos breves de alegría (usualmente patrocinados por mi bebé) en días normalmente tristes. Tenía consciencia de sentirme triste la mayoría del día, la mayoría de días. Pensé que era razonable, considerando las circunstancias. Me inscribí a un reto de dieta y ejercicio con amigas, con el propósito de sentirme motivada. Siempre me han gustado las metas, adquirir nuevos hábitos (y más si son de autocuidado); soy buena para alcanzar mis propósitos. No pude terminarlo. No sentía ningún interés por hacer ejercicio o por comer bien. Empecé a sentir dolor de cabeza a diario; también me pareció consecuente con lo que estaba sintiendo. Un día, no tuve la voluntad de hacer ejercicio al empezar mi día. Llevaba mucho tiempo sin sentir ganas, pero ese día no tuve fuerzas tampoco. Ni al día siguiente, ni por las siguientes 12 semanas, más o menos.


Sentía mucho sueño, como que hubiera podido (y querido) quedarme en la cama todo el día. Siempre me había ilusionado acostar a mi bebé, para cenar con mi esposo y ver alguna película. Empecé a quedarme dormida inmediatamente después de mi bebé. Sin apetito, sin hambre, sin energía, sin ilusión. Parecía ser depresión. Sentía agruras y acidez. Pensé en todas las frutas y verduras que no había estado comiendo y en cómo no había estado tomando suficiente agua. Empecé a engordar. Claro, no estaba cuidado mi alimentación, no estaba haciendo ejercicio, trabajaba sentada todo el día.


Y a pesar de que vivía en una casa con otras seis personas, estaba completamente sola. Ni hablar de mi fe, que tantas veces había me acompañado y regresado al camino trazado. Absoluto silencio. Como una noche sin estrellas.


Recuerdo haberle dicho a mi mejor amiga que tal vez así era, que uno ya no volvía a ser feliz.


Mi percepción era que todo continuaría empeorando antes de mejorar. Pero, el tiempo de regresar a vivir solos había llegado. No tenía ninguna esperanza de que fuera a ser mejor, pero le daba el beneficio de la duda. Como pude, busqué una casa acorde a nuestras necesidades. Mi abuelita parecía estar realmente en sus últimas semanas y mi bebé había sido, por varios meses, el momento más soleado de sus días. La culpa me ahogaba y sentía que me faltaba el aire al pensar en irnos de la casa. A fuerza de voluntad y razón, procuré buscar la mejor opción en las circunstancias que teníamos, que era mudarnos a una casa aparte, pero cerca. Como quien apunta y dispara en absoluta incertidumbre, fijé una fecha para la mudanza: 1 de diciembre. Mi abuelita falleció el 30 de noviembre.


Por primera vez en meses, vi un rayo de luz. Era tenue y absolutamente inútil, pero contemplé la posibilidad de que hubiera algún sentido en todo esto.


Diciembre fue un mes ocupado. Los sentimientos negativos y el malestar físico no se habían ido; en todo caso, una nube de duelo se había cernido sobre ellos. Pero estaba distraída con una nueva casa y nosotros parecíamos estar estrenándonos como familia.


MI abuelita hubiera cumplido años el 25 de diciembre. Sobra decir que fueron unas fiestas muy difíciles. Me encontré tratando de balancearme entre estar verdaderamente presente, pero queriendo que pasaran lo más rápido posible. Las últimas semanas habían sido un poco más tranquilas y ese rayito de luz me había dado la lucidez mínima de pensar en perdonarme a mí misma. Había sido durísima conmigo misma y con mis personas más queridas. Cuestionado todas las decisiones que alguna vez me habían hecho feliz.

No me escapaba de las secuelas físicas tampoco. Esa Noche Vieja me costó entrar en mis jeans.

Respiré profundo y decidí que en enero habría tiempo para retomar mis hábitos. Enero, febrero y, tal vez, necesitaría marzo también. A reconstruir mi corazón ni le puse plazo.


El dos de enero verdaderamente no cerraron mis jeans. Ni el tres. El cuatro me hice una prueba de embarazo. Teníamos 18 semanas.

Y después de semanas de tratar de convencerme de que era razonable haberme dejado vencer por lo que había vivido, empecé a entender lo contrario: ni una de mis circunstancias (ni todas juntas) correspondían a lo que había vivido emocional y espiritualmente en los últimos meses. Y encontré que había un nombre para eso: depresión prenatal.


* * *


Pocos días después, también encontramos nombre para nuestra bebé.


Irene.



La que trae paz.


 
 
 

Recent Posts

See All
A mi alambrito

Entras volando a mi cuarto en tu traje de Superman. Tienes el cuidado de preguntarme si tu hermanita está dormida, como para medir con cuántos decibeles le vas a entrar al tema de la tarde. Al verla d

 
 
 
Para cuándo el tercero

Quise un tercer hijo un día que perdía el tiempo viendo mis redes sociales en la mesa del comedor.  Mis primeros dos hijos vinieron muy...

 
 
 
"Estar chipe"

Vamos del colegio a la casa, a vuelta de rueda, cuando me acuerdo que el almuerzo son tortillas de harina con pollo, queso, pesto y...

 
 
 

Comments


Post: Blog2_Post
  • Facebook
  • Twitter
  • LinkedIn

©2021 by La Cecilia Chronicles. Proudly created with Wix.com

bottom of page