Un año de noviembre
- ceciliaasturiasf
- Nov 30, 2021
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A mí me gusta el tamal, pero si me preguntan, nunca tengo realmente ganas de un tamal. Pero cuando me iba a dormir con mi abuelita, comía en cualquier sábado del año. Con mucho limón, pan francés con mantequilla y de postre, un vaso de leche. Veíamos Sábado Gigante, pelábamos a las edecanes, la papada de Don Francisco y a la Cuatro. Después me lavaba los dientes con el conejo de Colgate y me dormía en sus piernas en el sillón de la sala. Ella me hacía piojito y veía su novela.
Durante el día, íbamos a darle de comer a las palomas de la Merced, a dejarle una fichita a algún santo, a caminar por la Simeón Cañas. Íbamos a su salón de veintipico años… a ella la peinaban y yo miraba catálogos de Avon. Visitábamos a sus amigas y a otras “viejitas” (les decía mi abuelita, que conste, y no eran lo mismo). Visitábamos viejitas en el cementerio también. Comprábamos flores y me iba contando historias en cada mausoleo conocido. En el carro, jugábamos a sumar los dígitos de las placas y ver quién lograba más múltiplos de cinco antes de llegar a la casa. Al final del día, rezábamos el Rosario juntas, turnándonos los misterios. Las letanías nunca me las aprendí. Pero siempre puse atención cuando oraba por mi mamá, mis tíos, cada uno de sus nietos. Necesidades especiales de sus hermanos y cuñados, siempre por sus amigas. Pedía por los más necesitados, pedía para ella virtudes como paciencia y compasión. Años después, pedía por mis clases de la u. La escuchaba orar por mi futuro esposo, por mi hijo en cuanto quedé embarazada.
Llegada la adolescencia, se había convertido en mi refugio. Del primer chavo que me gustó, ella fue la primera en saberlo. Era su vecino. Me cachó chapuda al hablarme de él y me dijo que estaba bien, mija, sí es guapo el muchacho. Cuando me quemaron el rancho, también ella me confió a mí sus recuerdos. Y siempre que tuve algún tema con mis papás, con ella fui. A veces a quejarme, pero muchas otras, solo a estar.
Llevo un año sin ver a mi abuelita. Ella ya no empezó el mes de diciembre. El mes en el que mi sobrino iba a nacer, mi hermanito empezaría su primer trabajo fuera de la casa y nosotros nos mudaríamos a nuestra casa.
No dudo que hubiera querido irse sin llamar la atención.
Este año ha sido el año más complicado de mi vida. Como el paso entre octubre y noviembre, empezó con lluvia y cielos oscuros, hasta llegar a una mayoría de días soleados y de atardeceres bellos e intrincados. Pero sigue siendo noviembre. El sol nunca brilla solo y que falte mi abuelita es como estar a merced de esa nube que espontáneamente me lo puede esconder. Cuántas veces he querido verla, agarrar su mano siempre calientita y oírla rezar un Rosario más.
Llevo un año sin ver a mi abuelita, pero me he conocido hecha de pedacitos de ella. En frases que parecen espontáneas, pero que echaron raíz desde esos paseos por la calles del Centro: “Todo cabe en un jarrito si se sabe acomodar”... “Mija, si le vas a prestar dinero a una amiga, prestalo y que se te olvide”... “El haragán y el mezquino recorren dos veces el camino”... Se quedó conmigo en la cuchara del mosh. En el gusto por ahorrar. En el amor a la Virgen. Se quedó conmigo en los helados. Mi abuelita comió helado todos los días que pudo. En cualquier presentación, de cualquier sabor. Siempre tenía tiempo y siempre tenía ganas.
Se pintaba los labios para sacar la basura, por si se encontraba a alguien conocido. Tenía un monedero lleno en el carro, por si servía en algún semáforo. Hasta el último día que estuvo lúcida, preguntó por nombre por cada una de mis amigas. Podía llorar de la risa si veía a alguien tropezarse. Compraba cositas para “tener”, por si necesitaba algún regalito. De esa cuenta, que ya no conoció a mi segunda bebé, pero le dejó un body rosadito.
Con qué soberbia he dicho a otros en sus duelos: que esa persona no dejó nada pendiente, que no se fue antes de tiempo, que lo completó todo en este lado de la vida. Pero siempre sentiré que me faltó vida con mi abuelita y nunca volveré a querer consolar a alguien con eso. Porque siempre querré saber qué pensaría ella de mí como mamá. Veré a mis hijos y soñaré cuánto se estaría riendo (más de ellos que con ellos). Respiraré profundo y extrañaré que conozca en lo que se van convirtiendo...y en lo que me he convertido yo.
De este lado, ella pedía por los que ya no estaban. De ese otro, ruego que siga pidiendo por esta nieta suya. Ojalá esté rezando por las virtudes que me faltan para poder verla otra vez.
Y que haya helado y dos cucharitas.
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